martes, 20 de octubre de 2009

"Lingote"


Tenían todo el cuerpo lleno de aceite y las tetas más grandes que había visto nunca. Sus piernas eran largas como palmeras y sus coñitos estaban afeitados como los ángeles. Eran prostitutas muy caras.

Me había pasado tres años trabajando en ese almacén de libros infantiles, comiendo mierda y cagando basura. Tres años de sufrimiento y tristeza. Tres años de sacrificio. Tres años perdidos. Había un tipo en el almacén que se hacía llamar "Lingote", un tipo listo. Decía que solamente quería estar un tiempo currando para luego pasarse un mes entero viviendo como un rey, como un señor. Haciendo todo lo que siempre había querido hacer. El tipo lo ahorraba todo. Vivía como un mendigo para tener el mínimo de gastos. Solamente comía sardinas de lata y garbanzos de bote. Casi nunca venía con nosotros a tomar una cerveza y siempre vestía igual. Vale, el tipo apestaba un poco, pero tenía un buen plan.

Yo me largué del curro antes que él. Me despidieron porque era un mal trabajador. Lo hacía casi todo mal, no expresamente, digamos que simplemente era malo conduciendo los toros mecánicos. Muy malo. Me dieron un poco de pasta por el despido y me apunté al paro. Decidí dejar el piso donde estaba viviendo y largarme de nuevo con mi madre, así podría ahorrar un poco de dinero para mi prometedor futuro. El primer mes me lo pasé tumbado en la cama con la mano en la polla. El segundo más o menos igual, pero con los gritos de mi madre de fondo. Ella quería que moviera un poco el culo. Así que lo moví. Me hice un currículum y empecé a buscar trabajo por internet. Hice varias entrevistas pero eran curros de mierda y nunca prosperé. Me daba mucha pereza empezar a tomarme la vida en serio. La vida que siempre había querido tener. No sabía cómo empezar, era como un terrible abismo y me sentía un pedazo de mierda.

"Lingote". Una noche me vino este nombre a la cabeza. "Lingote". Y de repente lo vi muy claro.

Como os he dicho, esas prostitutas eran la cosa más increíble que había visto en mi vida. Estaban delante mío y yo estaba delante de ellas. Todos desnudos. Sus tetas brillantes de aceite de oliva me miraban a los ojos. Ese era el momento por el que había estado currando durante varios años. Todo el sudor de mi frente, las manos sucias y el cerebro destrozado por este par de putas perfectas. Todo el tiempo sacrificado por unos billetes de mierda se resumía a esto. Todos los días perdidos, ahogados en jornadas de ocho horas, se resumían en un par de mujeres de tetas de silicona untadas en aceite. Mi vida valía esto. Quizás, al fin y al cabo, no era demasiado, quizás incluso fue un poco triste, pero era mi momento y me lo merecía. Tenía que recibir mi parte.

Como es habitual, volví al mismo trabajo cuando se me terminó el paro. Volví a cabalgar el toro mecánico con mi destreza asquerosa y volví a ver a "Lingote". El muy hijo de puta nunca dejaría ese trabajo, en el fondo su idea era una locura. El tipo, aún así, seguía vistiéndose como un mendigo y soñando con ese mes perfecto que nunca llegaría. Al menos tenía un sueño. Al menos tenía un buen plan.

Yo no.

3 comentarios:

la abuela bloguera dijo...

Me ha gustado esto.

Nunca he probado unas tetas con sabor a aceite de oliva.

He pensado en esta bonita campaña de la junta de Andalucía.

http://www.youtube.com/watch?v=McDElkk_9mg

Larsvondick dijo...

Sublime

El Hombre de la Pústula dijo...

Lo de vivir con la madre lo decís mucho, lo cierto es que es todo un pozo, no sé, me identifico con esta problemática que contais.

En cuanto al lingote, yo siempre he querido tener una polla de oro macizo incrustada de piedras preciosas. Grande, claro, pero sobre todo que pese, que se note el oro macizo.