viernes 2 de marzo de 2012

Un poco de bronce

Joder, últimamente me descubro a mí mismo mirando el suelo mientras paseo por la calle. Mirando las calles a ver si encuentro una moneda perdida. Pero no hay nada. Algo no funciona, esta ciudad tendría que estar llena de monedas tiradas en el suelo. Joder, en el bosque crece hierba y algunos mamíferos se la comen, tendría que ser lo mismo en la ciudad. Maldita sea, esta clase de pensamientos son los que les pasan por la cabeza a los mendigos. En fin, creo que todos empiezan del mismo modo.

martes 7 de febrero de 2012

Mundo extraño, mundo sencillo.

Cuando me masturbo utilizo el mismo papel que utilizo como servilletas. Tienen buena absorción y un buen perímetro, van de cojones. Normalmente cojo un par, por si las moscas. El tema es que cuando estoy comiendo y arranco uno de esos papeles me viene a la cabeza la idea de la masturbación. Es más, cuando viene gente a comer a casa y reparto estas servilletes de usar y tirar a mis comensales realmente estoy pensando que todo ese papel está siendo malgastado, todos esos papeles son pajas perdidas, olvidadas en el devenir de la existencia. Pajas que nunca existieron pero que podrían haberse realizado. El cerebro hace este tipo de conexiones, sin duda, vivimos en un mundo extraño.

El otro día todo iba bien, pero hacia el mediodía empecé a notar algo extraño. Los calzoncillos se me colocaban de forma rara dentro de mis pantalones. Eran muy incómodos, se me subían, era algo muy difícil con lo que convivir. Al menos hasta cierto punto. Era incómodo pero podía seguir trabajando, no era EL FIN DEL MUNDO. Así que no le di demasiada importancia pero esa sensación se quedó ahí bien escondida en mi hipotálamo. El día siguió sucediéndose tranquilamente pero esa duda seguía existiendo a nivel subconsciente. El caso es que mientars cagaba por la noche me di cuenta de que la etiqueta con el logo de la marca de los calzoncillos estaba en la parte trasera; estaba coronando mis nalgas. En ese pequeño y costumbrista momento la solución a ese pequeño problema emergió: simplemente me había puesto los calzoncillos al revés. Sentí una agradable sensación de comprensión divina. Las fichas se colocaban, por fin, en su sitio. Todo estaba a bien, equilibrado. Cada consecuéncia tenía su motivo. El mundo, al fin y al cabo, es algo sencillo y coherente.


jueves 26 de enero de 2012

Pez peludo

Un tipo pesca un pez peludo. El pez tiene pelo, una larga melena de hecho. Todo su torso está cubierto por un finísimo pelo negro. El cabrón tiene un buen mullet. De hecho mullet significa salmonete en inglés. Pero no me refiero a un salmonete con tupé, no nos desviemos del tema joder:
Me refiero a esto:
Es menos elegante, pero joder, no deja de sorprender. El pez parece contento, ¿verdad? Le he dibujado esa sonrisilla triste. Sabe que algo va mal pero él "va tirando", como dice normalmente. El caso es que el pescador lo mira y como no puede imaginarse arrancándole el pelo para cocerlo a la plancha decide devolverlo a su madre mar. El pez no ha pillado nada pero su condición de peludo le salva la vida. Ojalá mis pelotas pudieran decir lo mismo.

En fin, aquí hago esta entrada de mierda como si nada, como si no hubiera pasado mucho tiempo desde la última entrada. Menudo tío más poco elegante.

Joder, a veces cuando estoy en Facebook y abro una imagen y sucede toda esa mierda de que la imagen se amplía y queda centrada en la pantalla con todo lo otro de fondo, difuminado...pues cuando quiero cerrarla pues cierro la pestaña entera del navegador. Decisiones muy extremas. "Ya he visto la imagen", a la mierda la pestaña. Como si en vez de cerrar el winamp (el tipo usa winamp) decidiera apagar el ordenador apretando el botón On/Off de la torre directamente. Como si un tipo después de cagar se pegara un tiro en la cabeza.

Bueno, muy buenas noches, voy a frotar mi pene contra el colchón.

martes 20 de diciembre de 2011

Soy Leyenda


 En la oficina no había nadie. Me acerqué a mi mesa y vi una bolsa del Lidl, de las de plástico, las pequeñas. Encendí el ordenador, aparte la silla de la mesa y me senté en ella. Me acerqué a la mesa con un acertado movimiento de pies. Las ruedas de la silla giraron y me precipitaron hacia mi espacio de trabajo. Tenía la bolsa del Lidl delante de mí. Frente a mi rostro. Examiné su interior. Dentro había algo envuelto en papel de plata. Lo saqué y empecé a desenvolver su contenido. Dentro había un trozo seco de mierda. De mierda humana. Probablemente de alguien de la oficina. Algún compañero. Algún hijo de puta. En ese momento comprendí la situación. Seguramente estarían todos los demás escondidos en algún lugar de la oficina -quizás en el almacén o en el armario ese donde la mujer de la limpieza guarda sus cosas- espiándome. Observando su brillante broma. El divertido juego de regalar mierda a un compañero de trabajo que se relaciona poco con los demás. Menuda mierda de broma. Escuché una sonrisita. Sin duda era Rosa, menuda mierda de tía. La recepcionista. No sabría ni configurar varias cuentas de correo en el Outlook express si se lo pidieran. Y ahora se ríe de mi, escondida con los demás. Patético, solamente lo hacen para ser aceptados, para formar parte de algo grande, para evitar estar en el lado de los que son minoría. Mierda de gente. Tranquilamente cogí la mierda con las manos, estaba seca, era muy ligera y no manchaba. La acerqué a mi boca y empecé a masticarla con toda la tranquilidad del mundo. Seguramente pensaréis que mi punto de vista sea erróneo, pero en ese momento me sentí un ganador. El regador regado. Les metí un buen puñetazo en las pelotas. Les di una jodida lección. Desde sus madrigueras esos bromistas de oficina observaron como me comía su broma. Seguramente esa imagen se les quedaría marcada en el cerebro durante toda su maldita vida. La anécdota iría corriendo de conversación en conversación. El best seller de las anécdotas. En ese momento no me comí una mierda, en ese momento me inmortalicé, o mejor, me convertí en leyenda.

lunes 21 de noviembre de 2011

jueves 17 de noviembre de 2011

Volcanes

Tenía tres cabezas. De sus ojos salían pelos muy gruesos. ¿Cómo coño le pueden salir pelos de los ojos a algo? Por lo general su cara era muy jodida. No tenía ni boca ni nariz, tenía como unas extrañas algas que se movían como las aletas de un pez o como unas sábanas colgadas en el jardín. Tengo que hablaros de los agujeros esos; tenía unos extraños agujeros en la espalda, como volcanes. Volcanes que respiraban. Creo que dentro de esas cosas estaban sus pulmones. No sé, dentro había algo, algo importante, algo que lo mantenía con vida. Sus brazos eran extremadamente largos, medían cuatro veces su tamaño. Los dedos, por lo contrario, eran cortos y gorditos, casi redondos, como bolas de billar. Su abdomen era muy delgado y tenía como varias cicatrices. Sus seis piernas eran muy oscuras y peludas. El pelo caía hasta los pies y apenas se veían las uñas de sus garras. En fin, el caso es que le pagué los 12 pavos de la pizza y se largó. Me tumbé en el sofá, encendí la tele, di un trago a la cerveza y saludé a lo que sería una de las mejores noches de mis últimos meses.

viernes 21 de octubre de 2011

La camada


Todos esos hombres estaban desnudos, con las pollas empalmadas y bebiendo vino caro en la cocina. Hablaban de cosas que apenas entendía y se reían de mi jersey. Creo que ése no era exactamente mi sitio. Conocía los nombres de algunos de ellos pero no me sabía ni un solo apellido.

Los vi por primera vez en una presentación de un libro de mierda en una librería. No había mucha gente y estaban estos tipos bien vestidos sentados delante de todos los demás, mirando al escritor mientras leía un capítulo del libro. Recuerdo que pensé que quizás eran amigos del escritor o el editor o algo. Pensé que sería interesante conocerlos, ser uno de ellos. Los tipos se reían y tenían bromas internas. Daban bastante envidia. Entre rabia y envidia, la verdad.

Al terminar la lectura empecé a beber de las copas de vino que había en una mesa junto a los canapés y frutos secos. Algún que otro ser solitario se acercó para charlar pero yo los ignoraba e intentaba que notaran mi indiferencia . Quería conocer a los hombres graciosos, no a los tipos como yo. No quería charlar con tipos sin amigos. Más tarde los hombes graciosos se largaron con el escritor y yo me fui a casa.

Semanas más tarde había otra presentación en la librería. Asistí con la única intención de volver a ver a esa gente. Antes me acerqué a un bar de la zona a beber algo. No quería aparecer sobrio por el evento. Cuando estoy sobrio soy extremadamente aburrido. De todos modos llegué demasiado pronto y tampoco estaba demasiado borracho. Esperé a fuera mirando las cosas que había en la ciudad. Al no fumar tuve que improvisar algún tipo de juego para entretenerme hasta que llegaran las otras personas, así que me dediqué a contar los hombres que parecían homosexuales pero que seguramente no lo serían. Curiosamente el juego era terriblemente entretenido, mejor que un maldito cigarrillo. Bueno, supongo, nunca he probado un cigarrillo. El caso es que me pasó el tiempo volando. Poco a poco la librería empezaba a llenarse de gente pero esos tipos no llegaban. A partir de ahora me referiré a "esos tipos" como a "la camada", ¿de acuerdo? Resentido, entré a escuchar al pésimo escritor leer un pedazo de su libro de mierda, mirando constantemente a mi alrededor. Estaba realmente nervioso y quería largarme de aquel sitio, más que nada me sentí patético. Había ido allí solamente para intentar hacerme amigo de la camada. ¿Qué clase de tipo soy? Me largué silenciosamente y cogí una copa de vino antes de salir. Me senté al suelo y seguí contando maricones que seguramente no lo eran. Entonces llegaron, con sus aires de grandeza, sus carcajadas y sus fuertes voces. Los odiaba. Pasaron por mi lado sin inmutarse, sin mirarme ni nada, como si no me conocieran. De hecho no me conocían, que yo pensara en ellos constantemente no quería decir que ellos supieran de mi existencia. Decidí entrar de nuevo. Los busqué y me senté a su lado, escuché de nuevo al escritor, que esta vez, entre las carcajadas de la camada, me pareció un escritor excelente. Me invitaron a tomar un poco de vino con ellos y charlar un rato sobre la lectura del autor.

De repente estábamos todos en un bar, bebiendo sin parar. La camada, el escritor y yo. Recuerdo muy poco de esa noche pero fue cojonudo. Estaba dentro, era uno de ellos.

A partir de ahí la cosa empezó a funcionar. Quedábamos en la librería, hubiese lo que hubiese y luego nos llevábamos al escritor a tomar unos tragos. A veces simplemente bebíamos, otras veces nos lo llevábamos a discotecas y nos metíamos cocaína. Otras veces terminábamos con prostitutas. La cosa se me fue de las manos y me convertí en alguien que no reconocía. De hecho, fue en ese momento, cuando estábamos todos en esa cocina, bebidos y ellos en pelotas y con las pollas duras, riéndose de mi, cuando me di cuenta de que todo era una gran mentira. En ese preciso momento dejé el vaso en la mesa y me largué por la puerta para nunca más volver a ver a esos tipos.